Cada otoño este pueblo se vacía, dejándome

agotada, de pie en el muelle, diciendo adiós con la mano,

con el pañuelo blanco

atascado en la garganta. Ya sabes cómo Jesús


se rasga la camisa

para mostrarnos su corazón, todo en llamas y espinoso,

cómo lo señala. Me da miedo

que el modo en que te echo de menos


sea así de evidente. Tengo


un amigo del que todo el mundo me advierte

que es peligroso; esconde

imágenes sangrientas de Jesús por toda mi casa


para que las encuentre cuando llego a casa: Jesús

detrás de la puerta del armario, Jesús metido


en el espejo. Quiere salvarme,

pero no nos ponemos de acuerdo sobre de qué. Mi versión del infierno

es alguien que se rasga la

camisa y dice:


«Mira lo que hice por ti».